03 junio 2015 - Argentina Debate 2015,Reflexiones sobre Debates

Una oportunidad para la exigencia pública de una mejor conversación política

Vicente Palermo, presidente del Club Político Argentino, investigador principal del Conicet

 

La campaña electoral de 1989 quedó simbolizada por la silla vacía: Menem, candidato claramente favorecido por las encuestas, no se presentó al debate organizado por un conocido periodista con Angeloz, el candidato del oficialismo. En el caso se Menem se trató, muy probablemente, de una decisión inteligente: los sondeos electorales lo favorecían, ¿por qué exponerse al riesgo de un debate verbal cuyo resultado es siempre incierto? No es difícil constatar que el candidato que va ganando no desea esa contienda, mientras que los que van perdiendo depositan esperanzas en ella. Para que los candidatos coincidan espontáneamente en la conveniencia del debate público, debe darse una circunstancia más bien rara: que las intenciones de voto estén suficientemente parejas y ambos (o todos) crean que debatir los favorecerá. Es una conjugación astral difícil: en términos generales, si se deja en las manos de los candidatos, no habría debates casi nunca.

Como dice la sabiduría popular, para que haya una discusión se precisan dos. Así las cosas, para que las campañas electorales estén regularmente marcadas por debates presidenciales, hacen falta constreñimientos fuertes, sea formales sea informales. O bien los debates deben estar legalmente instituídos, de modo tal que sean ineludibles para los candidatos, o bien estos deben sentirse poderosamente compelidos por el hecho de resultar claro que la negativa a debatir implicaría costos de reputación mayores al riesgo de hacerlo. Si los debates presidenciales se convierten en una institución en la vida política de un país, aunque no sean una obligación legal, los candidatos se exponen más al negarse.

 En Brasil, los candidatos a la presidencia sostienen no uno sino varios debates a lo largo de la campaña. Algunas veces estos fueron decisivos, aunque hay que decir que no siempre por las buenas razones ni por juego limpio (tal es el caso del debate Collor – Lula de 1989, aviesamente manipulado a favor del primero). Como sea, los debates presidenciales son parte inseparable de las campañas brasileñas, están incorporados a la experiencia de los electores. Si las reglas de juego son razonables, puede esperarse bastante de ellos, aunque no todo. Cabe suponer que los contendientes serán precavidos, en especial aquellos que tienen más para perder que para ganar, que no se dejarán arrastrar a territorios desconocidos, y que no improvisarán. En escenarios electorales caracterizados por una competencia por el centro de las preferencias los votantes tal vez tengan dificultades para distinguir entre las propuestas.

Como sea, los debates son netamente positivos. En primer lugar son, como mínimo, un debido respeto al ciudadano – elector. Los presidentes se exponen a la crítica de un modo único en la campaña, porque ni el periodismo ni ninguna otra circunstancia crea una situación parecida (en ese sentido los debates no tienen parangón). Lo mismo puede decirse en otro sentido: los debates constituyen una experiencia humana diferente, los electores ven a los candidatos, entre ellos al futuro presidente, en una situación distinta a la de los medios o los actos políticos, en la que son expuestos a una cierta presión que, en principio, no está bajo su control. Es como si el curso normal de la política – las bambalinas, la escena mediática, el acto organizado – se interrumpiera para dar paso a una interacción auténticamente agónica. Lo que este mecanismo tiene de ficticio no desmerece su valor político para los electores. Sabemos que estos, en su mayoría, piensan que las campañas electorales son pobres y con frecuencia tediosas, y la Argentina no es una excepción en ese sentido. Los debates presidenciales pueden ser una oportunidad para levantar tanto el nivel como el atractivo de las campañas. Argentina, es verdad, carece de esta tradición. Pero la exigencia pública puede instituirla.