07 abril 2015 - Reflexiones sobre Debates

Una democracia madura se atreve a debatir

León Carlos Arslanian, miembro del Comité Estratégico de Argentina Debate  

Publicada en La Nación el 07/04/2015

Si las circunstancias para que se produzca un debate público entre los diferentes candidatos a ocupar la primera magistratura de nuestro país se diesen de modo favorable, habríamos dado un salto cualitativo en lo que concierne a adoptar las mejores prácticas de las democracias modernas.

Nuestro país padece en la esfera política problemas acumulados que han venido perjudicando la observancia de esa sana práctica, que es corriente en los de aquilatada tradición democrática. Si tuviésemos que enumerar tan sólo unos pocos de aquellos problemas, enlistaríamos en primer término (en el orden que cada cual prefiera) los siguientes. En primer lugar, el fuerte debilitamiento de los partidos políticos, en general, y en especial el de los tradicionales, que padecieron el deterioro institucional que significó, hasta 1983, la alternancia entre gobiernos civiles y militares. Ese fenómeno terminó por dejar sin razón y desactivar sus fines esenciales; esto es, reclutar recursos humanos mediante procesos permanentes de afiliación; convencerlos acerca de la validez de sus postulados; estimularles la vocación y el interés por la cosa pública; capacitarlos; retenerlos para la gestión mediante el sostenimiento de sus expectativas de participación; dotarlos de una identidad política; alimentar el venero de ideas fuerza y sostenerlo a través de escuelas de formación aptas para el aprendizaje, para la discusión y para la elaboración de propuestas de políticas públicas.

La segunda circunstancia evidente proviene de la crisis de la representación política frente a la ciudadanía. Así, los fenómenos de migración de una fuerza política hacia otra, en menoscabo de la representación con que el voto popular inviste, es una clara muestra de la ingravidez político-partidaria actual y del rol puramente formal e intermitente de esas estructuras.

Por otro lado, la persistencia -desde el fondo de nuestra historia- del fenómeno del caudillismo fuertemente autoritario, bien que transmutado en liderazgos carismáticos, con frecuencia percibidos como providenciales en el imaginario colectivo, se presenta como contradictorio con los procesos de maduración de los cuadros políticos partidarios, de los que necesariamente deben surgir los recambios.

Por fin, no podemos dejar de señalar ciertas consecuencias indeseadas de la generosa cláusula constitucional que consiente la reelección, por una vez, del presidente, circunstancia que también contribuye a cierta hibernación de los partidos políticos, porque sus liderazgos se construyen en vista de la obtención del máximo poder, lo que se ve desalentado debido a que nuestra práctica institucional muestra una sucesión de mandatos de ocho años y ni qué decir cuando se producen predominios personales de naturaleza permanente, sean cuales fueren las razones que los posibilitan.

Si unimos todo ello, encontraremos una explicación a esta suerte de inopia política en la que estamos sumidos, apenas interrumpida por destellos a los que nos obliga la periodicidad de nuestro (enhorabuena) régimen republicano.

Como si todo esto fuera poco, deberíamos sumar la presencia de campañas publicitarias con pretensiones de reemplazar la palabra de los candidatos, sus propuestas y programas, y hasta su interlocución con los electores cuyos favores se buscan, por imágenes, o spots, más preocupadas en tratar de seducir con una exterioridad rutilante, que con la apelación al pensamiento y a la razón.

Parecería ser que no es éste el mejor camino que nos lleve al ejercicio de una opción atinada.

De ahí que el debate público entre los candidatos presidenciales sea hoy un punto de partida interesante para comenzar un proceso real de recuperación de la política en nuestro país. Adviértase que la idea de debate no es tan sólo proyectar la imagen de dos hombres que se pelean por televisión, sino algo mucho más complejo, profundo y productivo. Supone, por un lado, la explicitación del arsenal de ideas que, llegado al poder, el contendiente transformará en acción, y por el otro, cómo se traducirá ello en la formulación de políticas propias de la gestión gubernamental.

Son tantas y probablemente tan conocidas las ventajas de los debates presidenciales (la más importante de las cuales parecería ser la obligación de formular un programa de gobierno y de pronunciarse sobre las temas que emergen con mayor fuerza en las encuestas), que constituiría un verdadero dispendio de esfuerzos transformarlas en un puro recitado de consignas preparadas por los equipos de campaña, con la última encuesta en la mano.

De quienes aspiran a asumir semejante responsabilidad, creo que la comunidad toda desea, cuanto menos, tres cosas: un conocimiento cierto y un diagnóstico claro de los problemas y conflictos que deberá administrar; una descripción honesta y realista de los cursos de acción que se transformarán en las políticas públicas para cada una de las áreas del estado, su asequibilidad y una enunciación de los recursos de que habrá de valerse; y por fin (y no por ello menos importante), una buena disposición a difundir y a convencer por la fuerza de los argumentos.

Nada de esto parece difícil ni irrealizable, y por demás valiosos son sus objetivos, a cuya consecución apunta el trabajo en que se ha empeñado el Cippec al proponer y promover lo que ha dado en llamar Argentina Debate (www.argentinadebate.org), alentado por las diversas manifestaciones de apoyo que ha ido recogiendo por parte de diversos sectores de opinión y, en particular, de las diferentes fuerzas políticas que ven en ese evento un nuevo desafío democrático. Estas líneas constituyen mi entusiasta adhesión a tan plausible objetivo.