¿Argentina debate?

Graciela Fernández Meijide y Hernán Charosky, miembros del Comité Organizador de Argentina Debate, reflexionaron en el programa Futuro Posible que conduce Dolores Pereyra Iraola, acerca de la importancia de los debates presidenciales.

Fernández Meijide destacó que los debates no inciden en los votos de la gente pero obligan a los candidatos a exponer sus ideas y organizar un programa de gobierno. “Muchas veces, porque las campañas están llenas de consignas y mucha publicidad, cuesta encontrar alguna idea por la cual votar”, indicó.

Por su parte, Charosky recordó que la Argentina es uno de los pocos países de la región que nunca tuvo un debate presidencial.

Los miembros de Argentina Debate contaron, además, que la iniciativa ya propició encuentros con los principales presidenciables y sus asesores para discutir posibles temas prioritarios que podrían formar parte de un debate y de la agenda del próximo gobierno. Estos son educación, primera infancia, infraestructura, calidad institucional y perspectivas fiscales.

Finalmente, Charosky señaló que los candidatos que se animen a debatir verán el beneficio mayor a mediano plazo, pero auguró que “formar parte del primer debate de la Argentina va a ser una foto de la que nadie querrá quedarse afuera”.

Hace 30 años Caputo y Saadi no especularon

canal de beagle

Por Fernando Straface, director ejecutivo de CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento) y miembro de Argentina Debate.

Hace 30 años, el 14 de noviembre de 1984, dos políticos argentinos exponían ante la sociedad argumentos y visiones distintas frente al posible acuerdo con Chile sobre el Canal de Beagle.

Dante Caputo, canciller del gobierno radical, y Vicente Saadi, senador justicialista, debatieron durante más de dos horas frente a una teleaudiencia que días después participaría del referendo por el SÍ o NO frente al acuerdo.

Esa noche la televisión volvió a evidenciar, como lo había hecho un año atrás en el cierre de campaña de Herminio Iglesias, la coexistencia de lo moderno con lo tradicional en la democracia recuperada. El debate sería recordado, entre otras cuestiones, por ciertos modismos y expresiones coloquiales de Saadi frente a la argumentación cartesiana de Caputo. Eran exponentes de dos historias y cosmovisiones políticas que convivían en la primavera democrática.

Más allá de las diferencias de estilo y del resultado del debate, Caputo y Saadi pusieron a la democracia argentina en un mejor equilibrio. Una decisión tan trascendente como el destino del territorio fue mejor informada y deliberada ante la ciudadanía. La asistencia de Saadi al debate, quizás desconociendo la dinámica propia de la televisión y las implicancias que esto tendría en su caracterización pública, tuvo el valor de exponer un pensamiento divergente en evidente posición de minoría. Por su lado, a pesar de tener un amplio favoritismo la opción del SI, Caputo entendió que el debate era una oportunidad de comunicar al gran público las razones políticas para aceptar el acuerdo.

Pensemos en otras cuestiones trascendentes de los últimos años como las privatizaciones de empresas públicas, la creación de los fondos de pensión o su posterior re-estatización, el matrimonio igualitario, el Código Civil o la Ley de Hidrocaburos. Todos estos temas tienen un gran elemento intergeneracional y medular en la organización social y económica de la Argentina. En todos estos casos, quienes lideran las opciones presidenciales en una u otra época harían una enorme contribución debatiendo los temas como lo hicieron Caputo y Saadi.

Pero Caputo y Saadi fueron la excepción. Desde 1983, empezando por Luder y Alfonsín –que no se pusieron de acuerdo en los periodistas que harían las preguntas-, nunca tuvimos un debate presidencial. En 1987, los debates entre Casella y Cafiero y entre Bordón y Baglini, entonces candidatos a gobernador en la provincia de Buenos Aires y en Mendoza, auguraban que íbamos en camino al primer debate presidencial en 1989. Pero “la silla vacía” de Menem lo frustró.

Tampoco hubo debate en las elecciones subsiguientes (1995, 1999, 2003, 2007 y 2011), bajo el argumento de escaso volumen cívico que esgrime que “el que gana no debate”. ¿Para qué correr el riesgo?, razonaron los estrategas de campaña y los propios candidatos favoritos en las encuestas. Este ha sido el instinto básico de los actores políticos, el cual ha convivido hasta ahora con un bajo interés ciudadano por los debates.

El desafío es lograr que la sociedad argentina demande al sistema político una cultura y práctica de debate preelectoral. Se requiere de una instancia que permita que los partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil, sindicatos, universidades, uniones empresarias, expresiones religiosas y medios de comunicación articulen su demanda por debates preelectorales y encuentren herramientas para ponerse de acuerdo en su implementación.

Los atributos de diversidad, representatividad y legitimidad de este espacio son esenciales para convertirlo en la institución en la cual los candidatos deponen su capacidad de veto de los debates. En los Estados Unidos existe una Comisión de Debates Presidenciales que ayuda a coordinar esta práctica. Chile, Brasil, Perú, Colombia, Costa Rica y México también lograron instaurar la instancia del debate como un hito irrenunciable de la campaña electoral.

En 2015 hay una oportunidad única para poner a la democracia argentina en un nuevo y mejor equilibrio cívico. Las condiciones de paridad entre los competidores y la posibilidad cierta de una segunda vuelta mejoran las perspectivas de lograr el primer debate presidencial de la historia. Quienes participen de este debate habrán contribuido a una nueva etapa en la consolidación democrática. Como hace treinta años Caputo y Saadi lo hicieron.

Brasil, decime que se siente tener un debate presidencial

Por Fernando Straface, director ejecutivo de CIPPEC y miembro de Argentina Debate

Publicada en El Cronista el 17/10/2014

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En su última elección, Brasil tuvo múltiples debates presidenciales televisados.

 

El 14 de octubre Brasil tuvo el primero de los cuatro debates presidenciales previstos entre Aécio Neves y Dilma Rousseff, de cara a la segunda vuelta electoral el 26 de octubre. Este evento fue transmitido por la cadenas Bandeirantes y alcanzó el máximo rating televisivo en el prime time.

Para la primera vuelta hubo en Brasil seis debates presidenciales que, de acuerdo a lo que establece la ley electoral, incorporaron a todos los candidatos en condiciones de competir por la presidencia. Allí se referían a la presidenta Rouseff como candidata y, en varias ocasiones, los protagonistas intercambiaron frases con humor en medio de la tensión y la rigidez propia de estos eventos.

Desde hace varias elecciones, en Brasil los debates presidenciales son un hito insoslayable de la campaña. Bajo diversos formatos, los candidatos recorren los principales temas de la agenda pública, incluyendo cuestiones económicas, de distribución y derechos sociales. Y cada debate alcanza una audiencia similar a las principales novelas que dominan el prime time de la noche. Otros países de la región también han establecido el debate presidencial de manera irrenunciable.

La Argentina es una excepción (también Uruguay, Bolivia y Venezuela). En nuestro país el cálculo táctico de los candidatos, especialmente si hay uno que lleva una ventaja considerable sobre el resto, ha primado sobre la cultura política de realizar debates.

Nunca en la historia argentina se llevó a cabo un debate presidencial. Es curioso, sobre todo porque se trata de un país que todos los días debate la política en el prime time de los programas de interés general.

O quizás esa sea precisamente la razón principal por la que hasta ahora no ha sido posible lograr un debate presidencial mejor producido, profundo en los intercambios y con foco en los grandes temas del desarrollo argentino.

La cultura política local en relación a los debates está entrampada en un mal equilibrio, producto de la conjunción de una oferta política tacticista al extremo y una demanda social incipiente pero no protagónica.

Los políticos libran una batalla por minutos de exposición frente a grandes audiencias. El objetivo de ganar conocimiento prima sobre la aspiración de proyectar un determinado posicionamiento frente a los grandes temas nacionales. Hasta ahora, en la opinión pública no ha habido una clara manifestación de expectativas de debate entre los candidatos a presidente. Aquellos que se han negado a debatir no tuvieron repercusión electoral negativa, como ocurre en otros países con mayor tradición de debates. En suma, el debate presidencial en la Argentina no ha alcanzado la categoría de bien público de interés público.

La elección de 2015 augura un escenario de paridad entre varios candidatos. Al mismo tiempo, la culminación de un periodo político de larga permanencia abre la puerta a una discusión profunda sobre la agenda de desarrollo que el país requiere.

Ambos factores configuran un escenario propicio para que los candidatos expongan ante la sociedad y en clave diferenciada sus prioridades y visión de país que encarnan.

Para apuntalar este objetivo, la iniciativa Argentina Debate (www.argentinadebate.org) promueve una gran coalición multisectorial para mejorar la calidad del debate sobre desarrollo en la próxima elección presidencial.

Los presidenciables tienen la oportunidad de ser protagonistas de un nuevo equilibrio en la oferta política. Al mismo tiempo, Argentina Debate buscará generar condiciones de demanda ciudadana que permitan celebrar la consecución de hito de cultura democrática el año próximo.

 

 

El desafío de un debate electoral serio

Nuestro país tiene la oportunidad de producir el primer debate presidencial desde la recuperación de la democracia, siguiendo la experiencia de los EE.UU. y muchos países latinoamericanos.

por Hernán Charosky, coordinador general de Argentina Debate

Publicada en Clarín el 30/10/2014

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Paraguay es uno de los 17 países de América Latina que organizaron debates presidenciales en su última campaña.

En 2015, la Argentina tendrá una oportunidad de esas que se presentan pocas veces: la realización del primer debate presidencial de nuestra historia. Esta oportunidad permitiría que todos los candidatos que participen obtengan un umbral de beneficio común, y el electorado pueda asistir a un nuevo modo de interacción de sus líderes.

El umbral de beneficio común para los candidatos radica en que, más allá del mejor o peor desempeño que tengan, serán parte de una foto fundacional, de una película cuyo mero estreno ya merece críticas favorables. Sería la primera foto de los potenciales presidentes estrechándose las manos. La primera interacción entre un conjunto de mujeres y hombres que quieren gobernar, y exponen sus ideas, coincidencias y diferencias en un mismo ámbito físico, delante de los electores. Esa foto -que hasta ahora la Argentina nunca pudo lograr- simbolizará una nueva época. Será señal de que el otro no es una amenaza, sino el interlocutor de un diálogo, el participante de una competencia democrática.

Durante los últimos años asistimos a un modo de discusión pública en el que la calificación y, sobre todo, la descalificación de personas o de pertenencias políticas, predominó sobre la discusión de proyectos de largo plazo, de las políticas públicas para realizarlos, o de las condiciones para su sostenibilidad. Hay una fatiga social de los antagonismos vacíos u oportunistas, un cansancio de los prejuicios perceptible en cualquier conversación cotidiana.

En nuestra región, la Argentina es uno de los pocos países que nunca tuvo un debate presidencial. De una muestra de 24 países de las Américas, 17 realizaron un debate presidencial en su última campaña. Es evidente que el debate presidencial ya forma parte de los dispositivos de las democracias vecinas. En Brasil, recientemente, la serie de debates fue esencial para exponer ideas de largo plazo y para la rendición de cuentas de una presidenta, de un gobernador y de una ex ministra. En Chile, resulta claro que es un perjuicio para un candidato no participar de los debates, y sería una opción impensable en una segunda vuelta.

En Estados Unidos, los debates presidenciales baten todos los récords de audiencia, incluida la final de fútbol americano. Como demuestra la experiencia de los países que consolidaron al debate como bien público, realizar el debate presidencial en nuestro país requerirá la participación de múltiples actores: candidatos, partidos, medios de comunicación, asociaciones gremiales empresarias y obreras, instituciones religiosas, organizaciones de la sociedad civil. Es necesario unir la oferta y la demanda de una mejor conversación política. El desafío de realizar el debate es un banco de pruebas de la cooperación que necesita la Argentina para enfrentar su futuro.