Hacia la institucionalización del debate presidencial

Hasta el año 2015 los candidatos presidenciales argentinos no habían debatido nunca. Por lo tanto, no existían instancias de confrontación de ideas en tiempo real frente a los ciudadanos. Hoy celebramos que hace un año se realizaba el primer debate presidencial de la historia del país, con ARGENTINA DEBATE como iniciador, y que como sociedad ganábamos un ámbito formal de exposición e intercambio entre los candidatos sobre temas de la agenda pública.

Para lograr la realización del primer ciclo de debates presidenciales fue fundamental la construcción de lazos de confianza entre organizadores, candidatos, medios de comunicación e instituciones académicas y de la sociedad civil. Esos lazos sirvieron como mecanismos reguladores para el respeto de los compromisos y las reglas de juego, y también como incentivos para llegar hasta el final del camino. Así fue posible que se constituya como un bien público, y que despertara el interés ciudadano (se calcula que el debate realizado para la segunda vuelta electoral tuvo picos de 58 puntos de rating, superando – por ejemplo – a la final del Mundial de fútbol de Brasil 2014 que diputaron Argentina y Alemania).

 

INSTITUCIONALIZACIÓN

Una vez superada la etapa de la primera realización de un debate presidencial, parece inevitable que la conversación pública pase a un momento de definición respecto del modo en que esta práctica debe institucionalizarse. En este sentido, es de destacar que en los países con debates, éstos existen sin una ley que los haga de participación obligatoria o con sanciones para la no participación. En nuestro país se ha avanzado en una estrategia de normar la obligatoriedad del debate presidencial.

Dada nuestra experiencia en 2015, vemos que el valor de los lazos de confianza construidos en el proceso de acuerdos para la realización de los debates y la importancia de la sanción social a la falta de participación son elementos que ponen de relieve un elemento clave. En este sentido, los acuerdos y los códigos compartidos hacen del debate una instancia de creación social, en la que el poder coercitivo del Estado resulta un elemento ajeno.  

 Por eso, desde ARGENTINA DEBATE reconocemos como valioso…

 a) que el Estado, a través de una norma, garantice los medios para poder organizar, producir y transmitir el debate, de allí que la institucionalización puede entenderse como la obligación de organizarlo y proveer la infraestructura y el presupuesto para su realización.

 b) que la obligación de participar se derive de las expectativas de la sociedad más que de la norma formal que la sancione. Porque más allá de los cuestionamientos de constitucionalidad o potenciales escenarios de judicialización que podrían representar estas sanciones, es necesario valorar la capacidad del estado de garantizar la oportunidad del debate y, a la vez, dejar que las energías sociales fluyan para la creación de un bien público con la mayor apropiación de los participantes y de la sociedad, que empoderada penalizará socialmente.

 

Agradecemos el enorme apoyo y compromiso por parte de todos los sectores de la sociedad argentina que,  trabajando juntos, lo hizo posible.

Una oportunidad para la exigencia pública de una mejor conversación política

Vicente Palermo, presidente del Club Político Argentino, investigador principal del Conicet

 

La campaña electoral de 1989 quedó simbolizada por la silla vacía: Menem, candidato claramente favorecido por las encuestas, no se presentó al debate organizado por un conocido periodista con Angeloz, el candidato del oficialismo. En el caso se Menem se trató, muy probablemente, de una decisión inteligente: los sondeos electorales lo favorecían, ¿por qué exponerse al riesgo de un debate verbal cuyo resultado es siempre incierto? No es difícil constatar que el candidato que va ganando no desea esa contienda, mientras que los que van perdiendo depositan esperanzas en ella. Para que los candidatos coincidan espontáneamente en la conveniencia del debate público, debe darse una circunstancia más bien rara: que las intenciones de voto estén suficientemente parejas y ambos (o todos) crean que debatir los favorecerá. Es una conjugación astral difícil: en términos generales, si se deja en las manos de los candidatos, no habría debates casi nunca.

Como dice la sabiduría popular, para que haya una discusión se precisan dos. Así las cosas, para que las campañas electorales estén regularmente marcadas por debates presidenciales, hacen falta constreñimientos fuertes, sea formales sea informales. O bien los debates deben estar legalmente instituídos, de modo tal que sean ineludibles para los candidatos, o bien estos deben sentirse poderosamente compelidos por el hecho de resultar claro que la negativa a debatir implicaría costos de reputación mayores al riesgo de hacerlo. Si los debates presidenciales se convierten en una institución en la vida política de un país, aunque no sean una obligación legal, los candidatos se exponen más al negarse.

 En Brasil, los candidatos a la presidencia sostienen no uno sino varios debates a lo largo de la campaña. Algunas veces estos fueron decisivos, aunque hay que decir que no siempre por las buenas razones ni por juego limpio (tal es el caso del debate Collor – Lula de 1989, aviesamente manipulado a favor del primero). Como sea, los debates presidenciales son parte inseparable de las campañas brasileñas, están incorporados a la experiencia de los electores. Si las reglas de juego son razonables, puede esperarse bastante de ellos, aunque no todo. Cabe suponer que los contendientes serán precavidos, en especial aquellos que tienen más para perder que para ganar, que no se dejarán arrastrar a territorios desconocidos, y que no improvisarán. En escenarios electorales caracterizados por una competencia por el centro de las preferencias los votantes tal vez tengan dificultades para distinguir entre las propuestas.

Como sea, los debates son netamente positivos. En primer lugar son, como mínimo, un debido respeto al ciudadano – elector. Los presidentes se exponen a la crítica de un modo único en la campaña, porque ni el periodismo ni ninguna otra circunstancia crea una situación parecida (en ese sentido los debates no tienen parangón). Lo mismo puede decirse en otro sentido: los debates constituyen una experiencia humana diferente, los electores ven a los candidatos, entre ellos al futuro presidente, en una situación distinta a la de los medios o los actos políticos, en la que son expuestos a una cierta presión que, en principio, no está bajo su control. Es como si el curso normal de la política – las bambalinas, la escena mediática, el acto organizado – se interrumpiera para dar paso a una interacción auténticamente agónica. Lo que este mecanismo tiene de ficticio no desmerece su valor político para los electores. Sabemos que estos, en su mayoría, piensan que las campañas electorales son pobres y con frecuencia tediosas, y la Argentina no es una excepción en ese sentido. Los debates presidenciales pueden ser una oportunidad para levantar tanto el nivel como el atractivo de las campañas. Argentina, es verdad, carece de esta tradición. Pero la exigencia pública puede instituirla.

El debate forma parte de la construcción de consenso

La Asociación de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (AACREA) se suma a “Argentina Debate” porque entendemos que es una muy buena forma de promover la cultura del diálogo, en un año clave para nuestro país. En 2015 tenemos la responsabilidad de elegir a nuestros representantes; es por ello que consideramos fundamental que la sociedad pueda conocer, en profundidad, qué piensan y cómo van a llevar adelante sus propuestas.

Asimismo creemos que la mejor forma de debatir es en un marco de intercambio equilibrado donde los participantes puedan tomar la opinión del otro entendiendo desde qué perspectiva la está dando; aceptando la diferencia como un valor y no como un motivo de discusión inconclusa. A partir del intercambio se generan nuevas y mejores ideas. Nuestra asociación, conformada por 2032 empresas agropecuarias, organizadas en 225 grupos; se fundó en el año 1957 para mejorar los resultados productivos a través del intercambio de ideas.

Distribuida en casi todas las provincias del país e incluso en países vecinos, tiene como pilar el diálogo como herramienta para compartir experiencias y alcanzar el desarrollo. A través de nuestro lema: “Sembramos confianza, potenciamos ideas para construir entre todos una Argentina posible” no sólo trabajamos con nuestros miembros y otros referentes del sector sino que la meta es contribuir y compartir nuestra filosofía, valores, metodología a otras áreas de la sociedad. Cabe destacar que nuestro método se propaga en las múltiples actividades que como institución llevamos a cabo: congresos educativos, regionales, nacionales y tecnológicos, programas de liderazgo y capacitaciones. Incluso en los últimos años, compartimos la metodología de trabajo con un grupo de intendentes en funciones, entre otros proyectos. Anhelamos que este entusiasmo por compartir el conocimiento día a día, se extienda en todos los ámbitos de nuestro país.

Es fundamental que cada ciudadano, desde su propio rol, asuma que para poder crecer es necesario respetar el pluralismo, la integración y cooperación con el otro. El debate abierto es fuente del saber de la vida pública. En este sentido, apoyamos esta iniciativa, no muy desarrollada en la vida democrática argentina, porque entendemos que es una manera de potenciar el discernimiento de todos. Bajo esta perspectiva esta acción se transforma en un bien público. El fundador de AACREA, Pablo Harry, decía un “…un milagro argentino es posible, pero alguien debe ponerlo en movimiento…”; sólo entre todos construiremos un futuro digno, la cuestión es comprometerse y sumarse.

Un debate presidencial sobre la agenda metropolitana

Desde la Fundación Metropolitana celebramos la iniciativa Argentina Debate y sumamos al debate presidencial la temática de las metrópolis porque para ser un país inclusivo y competitivo Argentina necesita que las regiones consoliden identidad, desarrollen capacidades e integren un modelo de Nación.

¿Cuáles son los temas más urgentes de la agenda metropolitana? Gastón Urquiza, director ejecutivo de Fundación Metropolitana, apoya la iniciativa Argentina Debate y propone incluir la cuestión metropolitana en el debate presidencial.

 Descargá el documento «Argentina debate el Área Metropolitana de Buenos Aires»

 

Una democracia madura se atreve a debatir

León Carlos Arslanian, miembro del Comité Estratégico de Argentina Debate  

Publicada en La Nación el 07/04/2015

Si las circunstancias para que se produzca un debate público entre los diferentes candidatos a ocupar la primera magistratura de nuestro país se diesen de modo favorable, habríamos dado un salto cualitativo en lo que concierne a adoptar las mejores prácticas de las democracias modernas.

Nuestro país padece en la esfera política problemas acumulados que han venido perjudicando la observancia de esa sana práctica, que es corriente en los de aquilatada tradición democrática. Si tuviésemos que enumerar tan sólo unos pocos de aquellos problemas, enlistaríamos en primer término (en el orden que cada cual prefiera) los siguientes. En primer lugar, el fuerte debilitamiento de los partidos políticos, en general, y en especial el de los tradicionales, que padecieron el deterioro institucional que significó, hasta 1983, la alternancia entre gobiernos civiles y militares. Ese fenómeno terminó por dejar sin razón y desactivar sus fines esenciales; esto es, reclutar recursos humanos mediante procesos permanentes de afiliación; convencerlos acerca de la validez de sus postulados; estimularles la vocación y el interés por la cosa pública; capacitarlos; retenerlos para la gestión mediante el sostenimiento de sus expectativas de participación; dotarlos de una identidad política; alimentar el venero de ideas fuerza y sostenerlo a través de escuelas de formación aptas para el aprendizaje, para la discusión y para la elaboración de propuestas de políticas públicas.

La segunda circunstancia evidente proviene de la crisis de la representación política frente a la ciudadanía. Así, los fenómenos de migración de una fuerza política hacia otra, en menoscabo de la representación con que el voto popular inviste, es una clara muestra de la ingravidez político-partidaria actual y del rol puramente formal e intermitente de esas estructuras.

Por otro lado, la persistencia -desde el fondo de nuestra historia- del fenómeno del caudillismo fuertemente autoritario, bien que transmutado en liderazgos carismáticos, con frecuencia percibidos como providenciales en el imaginario colectivo, se presenta como contradictorio con los procesos de maduración de los cuadros políticos partidarios, de los que necesariamente deben surgir los recambios.

Por fin, no podemos dejar de señalar ciertas consecuencias indeseadas de la generosa cláusula constitucional que consiente la reelección, por una vez, del presidente, circunstancia que también contribuye a cierta hibernación de los partidos políticos, porque sus liderazgos se construyen en vista de la obtención del máximo poder, lo que se ve desalentado debido a que nuestra práctica institucional muestra una sucesión de mandatos de ocho años y ni qué decir cuando se producen predominios personales de naturaleza permanente, sean cuales fueren las razones que los posibilitan.

Si unimos todo ello, encontraremos una explicación a esta suerte de inopia política en la que estamos sumidos, apenas interrumpida por destellos a los que nos obliga la periodicidad de nuestro (enhorabuena) régimen republicano.

Como si todo esto fuera poco, deberíamos sumar la presencia de campañas publicitarias con pretensiones de reemplazar la palabra de los candidatos, sus propuestas y programas, y hasta su interlocución con los electores cuyos favores se buscan, por imágenes, o spots, más preocupadas en tratar de seducir con una exterioridad rutilante, que con la apelación al pensamiento y a la razón.

Parecería ser que no es éste el mejor camino que nos lleve al ejercicio de una opción atinada.

De ahí que el debate público entre los candidatos presidenciales sea hoy un punto de partida interesante para comenzar un proceso real de recuperación de la política en nuestro país. Adviértase que la idea de debate no es tan sólo proyectar la imagen de dos hombres que se pelean por televisión, sino algo mucho más complejo, profundo y productivo. Supone, por un lado, la explicitación del arsenal de ideas que, llegado al poder, el contendiente transformará en acción, y por el otro, cómo se traducirá ello en la formulación de políticas propias de la gestión gubernamental.

Son tantas y probablemente tan conocidas las ventajas de los debates presidenciales (la más importante de las cuales parecería ser la obligación de formular un programa de gobierno y de pronunciarse sobre las temas que emergen con mayor fuerza en las encuestas), que constituiría un verdadero dispendio de esfuerzos transformarlas en un puro recitado de consignas preparadas por los equipos de campaña, con la última encuesta en la mano.

De quienes aspiran a asumir semejante responsabilidad, creo que la comunidad toda desea, cuanto menos, tres cosas: un conocimiento cierto y un diagnóstico claro de los problemas y conflictos que deberá administrar; una descripción honesta y realista de los cursos de acción que se transformarán en las políticas públicas para cada una de las áreas del estado, su asequibilidad y una enunciación de los recursos de que habrá de valerse; y por fin (y no por ello menos importante), una buena disposición a difundir y a convencer por la fuerza de los argumentos.

Nada de esto parece difícil ni irrealizable, y por demás valiosos son sus objetivos, a cuya consecución apunta el trabajo en que se ha empeñado el Cippec al proponer y promover lo que ha dado en llamar Argentina Debate (www.argentinadebate.org), alentado por las diversas manifestaciones de apoyo que ha ido recogiendo por parte de diversos sectores de opinión y, en particular, de las diferentes fuerzas políticas que ven en ese evento un nuevo desafío democrático. Estas líneas constituyen mi entusiasta adhesión a tan plausible objetivo.